Las tradiciones de Burguillos

Hace unos meses me preguntaba por uno de los efectos que, a mi entender, podía causar esta pandemia del Covid-19 en nuestras tradiciones. Sobre todo, después de dos años sin la presencia de la mayor parte de ellas. Mira por dónde, se ve que no soy el único que se hacía este tipo de reflexiones. 

Hoy mismo encuentro un artículo sobre ello en el ejemplar del diario «La Tribuna de Toledo», con firma de Enrique Belda, colaborador de esta publicación. Extracto alguna de sus partes, que me parecen interesantes, sin menoscabo del resto del artículo, si bien los ejemplos a los que se refiere su autor pertenecen a otras lides y a nosotros, en este caso, la que nos interesa es la que nos toca más de cerca:

«… es el segundo año sin Semana Santa, y va a ser también pronto en cada pueblo el segundo año consecutivo sin patrones, fiestas, fines de curso, etc. Cuando una tradición está arraigada no tiene porqué sufrir menoscabo, e incluso puede salir fortalecida si la conexión con cada persona es intensa y generalizada porque se basa en las creencias existenciales o religiosas (sucedió ya en España con el regreso de los cultos procesionales después de 1939), pero también puede ocurrir que el vacío mediático y social que se percibe estos días a pesar del esfuerzo de los impulsores de recuerdos y usos, cale en las personas en formación que ya andaban algo lejos de secundar eventos que no estuviesen directamente relacionados con el consumo de alcohol

Me recuerda en esta primera reflexión, por tanto, a esos niños de nuestro pueblo, la mayoría de los cuales no tiene antepasados nacidos aquí, ni que vivan en Burguillos, salvo sus padres. ¿Cómo vamos a inculcarles nuestras tradiciones si no participan en ellas, no las conocen y además van a estar ausentes en su etapa de formación como personas? ¿Quién les va a contar que el día grande de Burguillos es por San Blas, y no el de San Isidro?, que al Nazareno le sacan en hombros los agricultores y las mujeres a la Virgen; que el baile de la bandera es nuestra seña de identidad o que las carretillas no pueden faltar en nuestra fiesta grande, ¿quién?, porque lo que es sus maestros… tampoco.

«…la satanización que se está proyectando sobre concentraciones que pueden darse en espacios públicos inmensos… no ayuda mucho a «normalizar» la «nueva normalidad». Tampoco que se iguale la desaparición de todas las partidas destinadas a festejos con aquellas cantidades que servían para dinamizar la sociedad y enraizar la cultura popular ancestral»

No sé hasta que punto puede tener razón el autor respecto a lo que las concentraciones y actos públicos de este tipo conllevan en lo sanitario, pero suscribo la necesidad de financiación de cualquier acto de cultura popular allí donde esté presente. Y estoy de acuerdo, por supuesto, con la necesidad de mantener viva la llama de nuestras tradiciones, aunque haya que echarle un poco de imaginación en los tiempos que corren. 

«…todas las medidas de mantenimiento de la llama de las costumbres y tradiciones, así como la tolerancia con los actos que de estas se deriven cuando pueden cumplir sobradamente con las condiciones de seguridad y salud, son tanto o más provechosas para la gente que el tomarse un vino o un café.» 

Valga por tanto, esta consideración final, y después de cuatro años con una corporación local antisistema que no hizo otra cosa que denostar, tapar e incluso tratar de eliminar alguna de nuestras tradiciones, lo dicho, ¡ahora sólo nos faltaba esto!. Así que no olvidemos lo que dice Enrique Belda como conclusión de su artículo:

«La preparación de esos eventos, la ilusión, el desarrollo, y la renovación del pacto no escrito con las generaciones pasadas, forma parte de nuestra civilización y no puede seguir siendo considerado en todos los casos como un estorbo para la disciplina sanitaria